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Layda Sansores no da una

Francisco Javier Vázquez Burgos

El sexenio de Layda en Campeche se acerca a su fin, y eso —hay que decirlo sin rodeos— es lo único bueno de esa administración. En todo lo demás, su gobierno es una cadena de desaciertos, abusos, errores y malos manejos. Los recursos del presupuesto no se ven por ningún lado; abundan los funcionarios ineficientes, incapaces, personajes con mala reputación incrustados en cargos clave y una fauna de foráneos que llegaron a mandar sin conocer la ciudad ni entender la forma de pensar del campechano. Y claro, se aprovechan de un pueblo noble, que soporta todo en silencio, que exprime su enojo en privado, lo que lleva a la gobernante a creer que sus desatinos, ocurrencias y caprichos tienen aprobación social. Mientras tanto, la crisis se respira en toda la entidad, en todos los ámbitos.

Dos de sus últimas diabluras lo confirman

La primera: el supuesto “tren urbano”, que no es más que un camioncito articulado muy bonito que va del malecón a la estación del Tren Maya. Viajan en él una, dos o tres personas al día, y aun así costó casi cinco mil millones. Dicen los que saben que fue el negociazo sexenal de Layda. Pero también afirman que el auténtico negocio está en el mantenimiento anual: un sangrado permanente del presupuesto. El trenecito puede ser cómodo y fotogénico, pero la realidad es simple y brutal: va vacío. Es un monumento a la inutilidad y al despilfarro.

La segunda travesura es el nuevo sistema de transporte. Adquirieron decenas de camiones chinos modernos, climatizados y con wifi, pero duplicaron las tarifas, recortaron rutas y obligaron a los usuarios a hacer transbordos, que en el futuro significarán pagos adicionales. No es solo el golpe al bolsillo: es el tiempo perdido en largas filas, las caminatas innecesarias, las paradas espaciadas sin considerar ancianos, niños o enfermos. El enojo es generalizado, pero el gobierno decidió taparse los oídos. No quiere escuchar, no quiere corregir, no quiere dialogar. El Ko’ox será cómodo, pero en las condiciones actuales es impráctico, lento y socialmente insostenible. Así no va a poder operar: siempre habrá conflictos, bloqueos y molestia.

Uno puede entender que en una primera planeación existan errores de ubicación, rutas o tiempos. Lo que no se puede justificar es la cerrazón absoluta. Y no creo que la culpa sea de los concesionarios —ellos llevan años en esto—; aquí la torpeza viene desde adentro del gobierno. Su incapacidad ya provocó bloqueos, colonias furiosas. Si las autoridades se sentaran a hablar con la gente, encontrarían puntos medios, pero prefieren el autoritarismo silencioso que los caracteriza.

Un periodista campechano lo resumió con precisión quirúrgica: “Layda no hizo nada en cuatro años, y lo único que hace en el quinto, lo hace mal”. Es aniquilador.

No es todo, hay más, y ahí entran sus otras fallas, cada una con su consecuencia inmediata:

Escasez de medicamentos e insumos en hospitales: resultado de gasto opaco y mala administración, y de tener gente sin preparación adecuada en cargos claves, pero amigos del sistema, con lealtad del 90 por ciento y capacidad del 10; la consecuencia es evidente: enfermos desatendidos, tratamientos incompletos y un sistema de salud que ya no ofrece garantías mínimas.

Abandono del campo: consecuencia de políticas improvisadas y falta de inversión; funcionarios pillos, ladrones, como un tal Ochoa, que ya fue corrido, pero sin consecuencias, se fue con la bolsa llena, el efecto es un sector productivo hundido, productores quebrados y comunidades rurales empobrecidas. La miseria ronda el campo y los municipios, y en la capital no hay mucha diferencia: negocios cerrando, quebrados, bajas ventas, poco empleo, malos salarios. Solo hay funcionarios progresando y foráneos que se llevan el dinero de los campechanos.

Abusos y extorsiones policiales: fruto de un gobierno ausente y sin control interno; el resultado es una policía que le teme menos a la autoridad que a la tentación de la mordida. La conducta de la policía ya es insoportable, ya nada le envidiamos a los elementos de la Ciudad de México o del Estado de México; los policías de Campeche ya se volvieron extorsionadores profesionales.

Ausencias prolongadas de Layda: causa directa del desgobierno; el efecto es un estado sin timón, donde nadie decide y todos improvisan. No gobierna el gabinete, los técnicos, los especialistas. Dicen colaboradores de ella que gobiernan las ocurrencias familiares; desde ahí salen las ideas que tienen a Campeche con una economía quebrada.

Falta de políticas públicas para reactivar la economía: consecuencia de incapacidad y falta de visión; el impacto es un Campeche estancado, sin inversión y sin oportunidades. Sedeco es saqueado por un par de señoritas que se expresan muy mal de su titular, Lavalle Maury, quien tiene un proceso y un brazalete electrónico, lo que les permite a sus subalternas tratarlo con desprecio y dejarlo mal en todos lados, al grado que al extorsionar y pedir diezmos dicen: “Él —por Lavalle— no decide nada, nosotras operamos”. Si es así, Lavalle se debería ir por dignidad y no dar pena ajena.

Invasión de funcionarios de fuera: producto del desprecio a los cuadros locales; el efecto es un gobierno desconectado de la realidad, que toma decisiones sin entender el territorio. Tiene su porqué: se van y no comentan nada de los robos cuando concluya el sexenio del terror. En cambio, si son campechanos, todo se difundiría.

Inseguridad creciente —alrededor de 60 homicidios al año—: resultado inevitable de la ausencia de autoridad, del abandono institucional y del deterioro social; el impacto es un Campeche que perdió la paz que lo caracterizaba. Sospechas de nexos entre la titular de la policía y la mafia. Ya presumen que si esto les parece cabrón, cuando terminen ya no guardarán las formas, ya no serán responsables, y ya habrán dejado a la mafia fuerte y bien sentada. Será entonces que iniciará el calvario para los campechanos: la extorsión, esa que denuncian grandes empresarios, transportistas y productores de muchas partes del centro de México.

Ay, Layda. Tanto luchaste por llegar al poder que muchos creyeron que querías hacer algo bueno por Campeche. Pero tu gobierno terminó siendo el peor de todos los tiempos: el más ineficiente, el más saqueador, el más abusivo y el más torpe. No hubo visión, no hubo proyecto, no hubo capacidad. Lo único que hiciste, lo hiciste mal.

Vergüenza no tienes.